Día lunes. Otro lunes más para tu vasta colección impecablemente agendada. Llegas a la universidad, todos se preparan para la prueba de filosofía, alguna que otra aclaración, una última lectura rápida y vamos. Pero este lunes llegaste distinta a cualquier otro, llegaste sonriendo. Un contra ejemplo a tus ya tan habituales lunes de maña. ( Maña: término acuñado en la fauna universitaria. Odio contra el mundo en general pero hacia nadie en particular.) De hecho, te extrañas. Toda la semana pasada fue un seguidilla de días y noches de maña, maña rebelde la bautizaste. Pero hoy todo pintaba distinto, llegaste segura para tu prueba, y la diste casi gustosa. Abandonas la sala 307 A, una vez entregada la prueba, a otra cosa mariposa, te espera aún tu electivo de ciencias. Es lunes otra vez, pero no te angustia, de hecho no te asaltan aún los deberes, simplemente sonríes. Subes hasta el edificio B, tranquila, conversas aquí y allá con tus amigos y pronto ya estás entrando al aula. Ahí te espera tu profesor, ese señor bonachón de los ejemplos didácticos con monedas y llaveros. Realmente disfrutas esa clase, por esas cosas extrañas de la vida, te ha terminado por gusta la ciencia. ¿Quién lo diría? Después de tantos años de sufrimiento en clases de química y física en tus años de escolar, te encuentras ahora a tus veinte años, ya no tan verde olivos, disfrutando de la teoría del big bang, la teoría de la relatividad y sus corolarios. La clase pasa apacible, sin mayores problemas. Son las tres y media de la tarde. Tienes que esperar aún hasta las cinco para tu próxima clase. Te despides de tus amigos, y te vas a una sala de computación. Aburrida matas tiempo en Facebook como lo hacen otros cuanto en los computadores cercanos. Hay un murmullo constante, gente que va y viene. No tienes nada que hacer, el fin de semana fue productivo. Entonces con la mente despejada tiene tiempo para pensar en el desconocido de la flor de papel. Ya han pasado casi tres semanas desde ese encuentro fortuito. No puedes negarlo, desde entonces, inconsciente o quizás no tanto, buscas su silueta entre los miles de rostros que recorren la universidad. De hecho has vuelto un par de veces a la sala de computación que los conoció, diciendo que tienes que imprimir, pero la mirada ansiosa buscando en algún asiento su figura. Al verte así, te echas a reír de ti misma. “Claro que no está aquí” te dices y sigues tu recorrido. La semana pasada, esa fatídica semana de maña continua, te encontraste una tarde relatando tu preciosa casualidad. Con los días esa anécdota se ha vuelto salvadora del tedio y el ceño fruncido. Pero también llegaste a dudar de su veracidad. - Quizás fue ángel, que vino y se fue.- dijiste divertida a algunas de tus amigas refiriéndote a él, el desconocido de la flor de papel. Habías casi olvidado su rostro, difuminado entre el nerviosismo, las lecturas, el cansancio, la vida que seguía, y tu impecable retraso. Pero hoy en tu sagrado tiempo de ocio comenzaste a pensar. Releíste con emoción el texto creado en honor a esa linda casualidad. Y pensaste, en toda esta dinámica tan popular de “el secreto” y el poder de la mente, que si lo pensabas con la suficiente fuerza en una de esas aparecía. Pero al instante te echaste a reír. “ Qué ingenua, Macarena, qué ingenua”. Y decidiste bajar al edificio A, quizás te encontrases con alguien conocido para matar la hora. Pero tampoco te preocupa, caminas muy despacio, la temperatura es precisa, y estás muy bien. Una vez abajo, hechas un vistazo panorámico. No nadie conocido. Decides algo productivo con tu existencia y vuelves automáticamente a aquella sala de computación a imprimir unos textos para tu electivo de ciencias. Hay poca gente, mejor. Miras, como que no quiere la cosa, no, no está. En fin, abres archivos, lees a grandes rasgos, e imprimes. Son pocos textos, no vale la pena anillarlos pero te vendría bien corchetearlos. Así caminas tranquila, sin apuro, hacia la fotocopiadora y entretenida corcheteas tus textos. Te das vuelta, pensado quizás en ir al baño, sólo para pasar el tiempo, y ahí está. Sí, es él. Te mira y te sonríe. - Hola maca.- Te acercas, con una risa maliciosa pero más nerviosa que otra cosa. Se inclina hacia ti y te besa en la mejilla. - ¿Cómo estás?- te pregunta. - Bien y ¿tú?- - Bien también, aquí en clases de marketing. Y ¿tú?- - Yo estaba imprimiendo estos textos- y le enseñas ese manojo de hojas. - ¿Ciencias? Pero ¿ no estudiabas derecho?- - Sí, pero es un electivo.- - Ah, ¿ el minor?- - Jaja, no. El minor se toma en tercero, yo estoy en segundo.- dices coqueta. - ¡Cierto! Sí eres pequeñita.- te dice con ternura.- Te ha entrado el pánico, e intentas una sonrisa, pero aparece una mueca. No sabes donde poner tus manos, sientes como se acerca tu torpeza y te despides, así, precipitadamente. Te alejas a torpes pasos por el pasillo, él se queda ahí mirándote. Sale a tomar aire, enciendes nerviosa un cigarro, sonríes al cielo. Quizás realmente funciona eso del secreto. Tu emoción es evidente. Tomas tu celular y llamas a una amiga, y le cuentas lo sucedido. Está en el casino, caminas, pero te sientes como volando, cual quinceañera, hacia allá. Llegas y hay dos de tus amigas, celebran juntas el encuentro, las casualidades, el destino o lo que se les ocurriera. Sí, parecen unas quinceañeras cualquiera. Pero ¿han visto algo más refrescante que sentirse adolescentes nuevamente? Al menos, yo no. Hace tanto tiempo que no te sentías así. Poroto. Término acuñado por otra gran amiga para significar las mariposas en la guata, ese nerviosismo mezclado con ansiedad. Una de tus amigas te insinúa que quizás podría llegar a ser algo más. Tú te ríes y le dices que no hace falta, que una ilusión basta para tus días universitarios, que gozas demasiado sentirte así. La otra te dice que ya saben al menos donde encontrarlo los lunes, pero tú respondes que no quieres agotar tus casualidades tan a prisa, que al destino no hay que gastarlo. Será, lo que será y es mejor. Ya es hora para tu próxima clase. Pero en el camino te detienes en un stand te libros, cuando lo ves a él. Esta vez decides mostrar un poco más de compostura y madurez. Y lo saludas. Te muestra un libro “ El arte de la guerra”. Te cuenta que lo ha leído bastante veces, pero que le encanta. Sobre el mesón lucen dos ediciones distintas, y te pregunta cuál te gusta más. Señalas una. - Me voy a llevar éste.- le dice al vendedor. - ¿Hay algún libro que te guste?- te ofrece antes de pagar. Tú que estás luchando contra tu torpeza, te muerdes la lengua y logras balbucear un no, no te preocupes. Con el libro en sus manos, busca un capitulo para leerte algo. No deja de alabar el libro, de comentarte fragmentos, de explicarte conceptos. Tú lo observas, embobada. - Deberías leerlo.- te dice. - Sí, en algún momento.- - Yo te lo presto.- Te dice coqueto, como entregándote una invitación, algún otro encuentro azaroso para repetir la tertulia. Tú sonríes y estás a punto de decir algo más cuando escuchas. - Señorita Ferrer, a clases.- Es tu profesor de teoría constitucional. Ahí queda tu impulso por seguir la conversación, saber algo más, sacar algún tema del sombrero, no dar por acabado el encuentro. Pero el deber se personifica y espera serio a tu lado. Te despides de tu hombre misterioso, él te sonríe y besa tu mejilla y alcanza a esbozar algo que intentaba ser un abrazo, pero tú presa de tu torpeza y bajo la mirada de tu profesor, te escurres y entras al trote a la sala. La clase pasa sin problemas. Un día termina ya, son las seis treinta de la tarde. Y sales sonriente, pícara, conocedora de un secreto y envuelta en tu complicidad con la vida y el destino. Quizás la universidad no es tan grande, ni los horarios tan disparejos. Hasta la próxima, dices en tu cabeza, quizás él te escuche. Ahora queda la trémula invitación a otros cinco, o si me lo permiten, veinte minutos de conversación azarosa. Antes fue la flor de papel, ahora es una lectura. Quién sabe, quizás mañana sea un café. Son historias de universidad, esos pequeños azares en tu vida que iluminan el tedio y apartan el ceño fruncido. Funciona mejor que cualquier aspirina. Ahora voy a leer los textos impresos por la tarde, pero nuevamente, lo hago con mi flor como testigo y recordatorio. Hasta un próximo encuentro azaroso, querido desconocido - ya no tan desconocido.-



bonita época
O quizás debí escribir, bonita edad...sin más preocupaciones que los estudios y desear que vuelvan a ocurrir esos encuentros casuales que te perturban la mente y el corazón, hasta que ocurre el próximo. muy bonito...besos, Malú