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El desconocido de la flor de papel

Enviado por Macarena Del Pilar Ferrer Catalán el 23/08/2008 a las 08:38 PM

Sales de la sala 102 A después de dos módulos de derecho civil III, estás cansada, pero te dices que es jueves, que sólo queda un día más. Son las dos y un cuarto de la tarde, tu próxima clase es a las cuatro menos cuarto. En el patio, enciendes un cigarrillo, conversas con tus amigos, te invitan a tomarte un café, pero tienes que ir a imprimir las 300 páginas de procedimiento civil y prefieres aprovechar el tiempo. Te despides, y caminas con tus libros y cuadernos. La gente va y viene, entran o salen de clases. Llegas a una de las salas de computación, y notas que hay bastante gente, pero qué más da, tienes tiempo. Te sientas en un computador y cansada comienzas a abrir los archivos, lees a grandes rasgos lo que luego tendrás que leer con detenimiento en tu casa. El murmullo es constante, grupos terminando trabajos, gente que está haciendo hora en Facebook, la impresora que trabaja a tiempo completo, los cuadernos, los café fríos. La pantalla te muestra los archivos impacientes por materializarse, buscas la opción “imprimir” presionas “ aceptar” y esperas. Estás pensando en la inmortalidad del cangrejo, en el cansancio que se está haciendo crónico, en que sería mejor anillar los textos. Revisas la hora en el celular, ninguna llamada perdida. Aún no termina de imprimirse el primer texto. Y entonces un muchacho, como tú, cansado, te pregunta si aún te falta mucho. Te das vuelta, y ves sus ojos cansado tras sus anteojos, y le dices que no. Es mentira, pero esperarás imprimir ese texto, y luego imprimir el resto. Te sonríe aliviado, como agradeciendo, diciéndote que él también quiere terminar rápido. La impresora deja de parir hojas, las ordenas, y le dejas el paso libre. Es su turno, la impresora vuelve a su trabajo incesante. Cuando él pregunta al aire si alguien sabe cómo imprimir de a cuatro diapositivas de un powerpoint. Lo ves al pobre rendido, y te acercas y ofreces ayuda, la poca idea que tienes sobre tecnología. Te sientas en su silla, frente a su pantalla llena de archivos pendientes, él se pone detrás de tuyo, las manos en la mesa, abrazando tu silueta, sin rozarte. Buscas la opción imprimir, opciones, diapositivas, cuatro por página y presionas aceptar. Te agradece, y de pasada, como que no quiere la cosa, te pregunta “ y tú ¿cómo te llamas?” “ Maca” respondes en seco, sin darte cuenta que él intenta ser amable, pero estás tan agobiada. Te das cuenta entonces, cuando te das vuelta, que sus ojos cansados intentaban simplemente abrir una conversación para compartir el cansancio y la espera. Intentas esbozar una sonrisa “Ojala que funcione” y vuelves a tu asiento. Él se para en la fila que ya se ha hecho interminable, esperando la impresora, esperando poder irse. Al rato, ves como se ha sentado en un escalón, rendido ya ante la espera, que no será poca. Tú ya has terminado, y comienzas a cerrar los programas, a ordenar tus carpetas. Te levantas, al fin, aún tienes que ir a anillar y luego a clases, otro día jueves. Lo ves sentado y le dices chao. Cuando él levanta la vista “ Toma, para ti” y te ofrece una flor de papel, fruto de su espera. Desconcertada, fuera de todos tus esquemas, rompiendo tu impecable rutina, ese desconocido te ofrecía algo tan insignificante pero a la vez tan dulce. Sin saber cómo reaccionar, presa de la sorpresa, alcanzas a balbucear un gracias y te vas, pareciera más bien que corres. Una vez en el patio, te paras un momento, observas el regalo que llevas en tu mano, y por fin, una sonrisa. Quieres volver y agradecerle, y preguntarle quizás su nombre, pero no, tienes que ir a anillar, entrar a clases, salir, llegar a tu casa, estudiar, comer, dormir. Entonces, sigues caminando, pero te sientes especial, como protegida por tu flor de papel tamaño carta. Es el mismo papel que estaba destinado como los tuyos a llenarse de letras, de conocimiento, de responsabilidad y más tarde responsable del cansancio y estrés, pero ahora es una flor, un escape, una ilusión. Y te parece increíble como de tan sencilla manera él pudo imprimirle toda una ola de nuevos significados a esa hoja. Quizás sí hay vida en este planeta, piensas y sonríes. No crees volver a verlo, no sabes ni su nombre, y su rostro ya se ha difuminado entre la sorpresa y la prisa, y el deber, y el tiempo que se agota y el eterno retraso, siempre vas un poco más atrasada de lo que te espera. Pero tampoco te importa, tienes tu flor, una buena historia para más tarde contarle a tus amigos o para simplemente revivir a tu gusto en las horas de tedio. En silencio le agradeces, quizás él alcance a escucharte, quizás no. Ya estás entrando a clases, y vuelta a sumergirte en apuntes, pero sobre tu mesa, al lado derecho de tu cuaderno, ves descansar coqueta a tu flor. “ Qué linda que es”.

Día viernes, has salido de tu última clase, el reloj marca las cinco y quince de la tarde. En el camino te topas con una amiga.

- ¿Te vas?-

- Sí, estoy muerta-

- No! Vamos, por fa, al gimnasio.-

- ¿Al gimnasio? ¿ Estai loca? No quiero más guerra, voy el lunes.-

- Nopo, maca, si tienes que hacer asistencia, no te lo vayas a echar de nuevo-

- Sí sé, pero qué lata.-

- Ya vamos, te llevo a cuestas-

- Ya bueno ya. Pero me debes una-

- Jaja, me lo vai a agradecer a final de semestre cuando estemos en exámenes y tengai que hacer recuperativo de gimnasio.-

- Jaja, ya, vamos.-

Llegas al gimnasio, entras a los camerinos, te viste con tu tenida deportiva. “ Qué lata, es tarde, pero ya, tengo que hacerlo”

- Ya po, maca, apúrate.-

- Ya voy, ya voy.-

Bajas las escalinatas hasta la sala de máquinas, en general asistes a clases de spinning, o baile, o yoga, te aburre hacer máquinas, pero como es viernes y es tarde, no te queda otra. Miras como son de las pocas, tomas un poco de aire, y te resignas. Te subes a una bicicleta, programas veinte minutos en un nivel medio, no quieres matarte tampoco. Las pantallas de televisión colgadas transmiten canales deportivos, y tú, pedaleas. Terminan los veinte minutos, pero te das cuenta que tienes que hacer sesenta minutos o no te cuenta la asistencia, así que te organizas con veinte minutos en la trotadora y veinte más de abomínales y pesas. Cuarenta minutos más tardes, exacto, has cumplido con tu misión y te encaminas a la salida, una buena ducha y regreso a casa. Cuando…

- Hola maca- una voz masculina que no reconoces, te das vuelta y.. es él.

Tu cara de sorpresa es para filmarla, intentas demostrar compostura, pero es imposible, se cae tu botella de agua, y él se echa a reír.

- ¿ Cómo estás?-

- Bien y ¿ tú?

- Bien también, aquí yéndome ya a mi casa.-

- Qué rico, a mí me queda todavía.-

- Oye, perdón por ayer, iba apurada pero gracias por la flor.-

- No te preocupes, de nada.-

- Oye, perdón, pero ¿cómo te llamas?-

- Jaja, José Miguel.-

- Ah ya.-

- Oye, y ¿qué estudias?-

- Derecho, estoy en segundo año. Y ¿tú?-

- Ingeniería civil, voy en cuarto año. Uy, eres chiquitita entonces.-

- Jaja, sí.-

Cuando llega un entrenador y disipa toda nuestra nube de nerviosismo, al menos el mío. Algo aturdida, alcanzo a balbucear un chao y me voy. Él se queda mirando, logro sentir su mirada en mi espalda, y sonrío nerviosa para mí.

Una vez en el camerino, a salvo de mi torpeza y tartamudeo, trato de entender. Frente al espejo me miro, y me echo a reír sola. ¿Cuáles eran las posibilidades de encontrarnos de nuevo? Y más aún cuáles eran las posibilidades de encontrarnos un día viernes a las seis de la tarde en el gimnasio. Me respondo que casi ninguna, la vida es una caprichosa. Justo cuando declaraba al mundo que no quería nada con nadie, cuando me empezaba a consumir en viejos rencores, cuando estaba a un paso del ateísmo amoroso y ya no esperaba nada capaz de sorprenderme, la vida se las arregló para decirme que en cualquier lugar, en cualquier minuto puede aparecer alguien y sacarnos de nuestro coma.

No sé si me lo vuelva a topar, la universidad es enorme, y los horarios disparejos. Pero casi no me importa, tengo mi flor y esta casualidad.

Me basta para mantener mi ilusión y sonreír cómplice con la vida.

Ahora me voy a leer las 300 páginas que el jueves imprimí, pero cuido hacerlo con mi flor como testigo y recordatorio.

 


sorpresas

Enviado por Tomás Acevedo el 23/08/2008 a las 10:22 PM

La verdad es que el ensimismamiento  de la rutina es el anastésico mas perverso mi querida amiga. nos hace ser frío e irreverentes ante el mundo que tenemos frente, la guerra entre las letras y las armas es una batalla que llevamos perdida y que por los idealismos y sueños que sacamos de aquellos libros e historias empolvadas nos hacen escapar de nuestra realidad, de un mundo rodeada por personas muy disímiles, por gente con diferentes caracteres, por mentes frías y calculadoras, por festejadores insasceables, por existencialistas etéreos, por superficiales gañanes y por soñadores de luces, dentro de este gran mundo que es la Universidad, donde se conjugan todos estos entes, entre las batallas perdidas y la proliferación de idiotas, entiéndase en un sentido genérico, vive gente con nociones de romanticismo y humanismo.

concuerdo contigo maca, en este mundo si hay vida, aunque se encuentre casi extinta.      







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